«A MIGUEL HERNÁNDEZ»

¿Por qué hallaste, Miguel, el lado oscuro,
el absurdo fragor, la estrella hiriente?
¿Por qué clavó en tu integridad ferviente
la desventura su aguijón más duro?

Amor, un sorbo apenas, inmaduro,
un brote descarnado en la simiente.
Por las grietas acerbas del poniente
la hiedra envilecida cubrió el muro.

Aun pudiendo evadir aquel tormento
elegiste, poeta nazareno,
convertir tu prisión en monumento.

De penumbras hilaste la madeja
que abrigó en tu dolor todo el veneno
amando cada piedra y cada reja.


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