«CLAVADO ESTÁS, MIGUEL»

Clavado estás, Miguel, en mi garganta,
enclavado en mi fibra compasiva,
ya se esparce tu azada corrosiva
que mi amable sosiego desencanta.

Ya brama tu desdicha sacrosanta,
que sorprendió mi prado, intempestiva,
como al pastor la furia vengativa
del rayo que con sangre se amamanta.

De pena fue elevada tu montaña,
hortelano valiente de la España,
ruiseñor de su tropa fratricida.

¡Anda, Miguel, e híncame con saña,
que aún hay miel almendrada en tu guadaña
y una espuma salada en tu mordida!


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