«DE QUÉ SIRVIÓ»

De qué sirvió vencer y conquistarte
y someter tus modos arrogantes.
De qué las horas, fieles y constantes,
cuyo embate acabó por doblegarte.

Dime de qué valió domesticarte
-no son las fieras libres y distantes-
y la cabeza altiva y los desplantes,
tu felina manera de entregarte.

Ahora que el seducir ha concluido
y el corazón me entregas obediente
soy más esclavo cuanto más querido.

Como en un devenir predestinado
extraña ya el amor su contendiente
al instante de haberlo derrotado.


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